Saturday, July 11, 2009

Baby Obese (in English and Spanish)

English Version

Baby Obese

By Dr. Dennis L. Siluk

The slow morning clouds swerved on. It would be first light, the crack of dawn after a while, and he would be asking for his coffee, plain, strong and dark, but that would be in a few hours yet, he was now only cold, and remaining under his two blankets, as he tried to go back to sleep, which would cure that. His breathing appeared to be with less effortless now, in the thin mountain air, and then he decided to get up and walk about his first floor apartment, and he looked out the window, he knew it was near daybreak, the night almost ended. He could tell that from the streetlights and the bushes and flowers in the garden outside his window, everything had shadows now; the inky like night had turned into a light gradation of grays. Cars and other vehicles were starting to become constant and ceaseless on the street beyond his garden bushes, thus, giving over to the hummingbirds dancing over the tall foliage, next to his pantry window. He had got up, and stared out the window. He was a little stiff, his old bones, and muscles, he needed to stretch them out, walk to cure that cold inside them, and soon he knew there’d be sun. He went on outside with his wife to catch a taxi, toward the corner, where they sold the papers in a little cubicle, and there were many neighborhood voices, and bird calls, unending—all these quick and vital thumping hearts ready to meet the early July morning. He did not look anywhichway.
By the time they got to the café, it was too late to eat breakfast. The old man grasped his belt, behind him the taxi had quickly taken off, his young wife by his side, holding his elbow; he had fallen three times in two days, lost his balance. He thought for a moment of pulling his arm away, but he did know himself, if he did, he could lose his balance again. So he looked down toward the ground and walked slowly to the café door entrance. His pulse and breathe racing; presently he was in the road, about to step up onto the sidewalk. He could hear the movement of vehicles on the two crossroads, as if they were almost upon him, but he didn’t look; he had to make sure he kept his balance, and even then he knew his ankles might give out, as if the body knew his very urgent need in that moment, if only he had wings, so he thought. He looked around him, it was a weed and rock choked road.
Once inside the Mia Mamma Café, he saw in an instant in the far-off distance, the colorful silhouette of Mini, the chef. The early summer light, and coolness of the sky had not vanished, and shinned outward as if running from the glass doors to the kitchen, pausing now without knowing on two figures, Nancy and Mini, then on a third figure, but only on his back (Enrique).
“Hola, Hola!” he said, in Spanish.
His back towards the back doors, his face toward what he knew to be the café kitchen, knowing behind the wall of the kitchen was the café garden where he’d eat today, he was hugging his books, he was brave he thought, he didn’t fall for the forth time in two days, God forbid.
Mini and Nancy gave him a kiss on the cheek, and he stumbled forward on his feet, looking for, the child he called the Little Elephant, a child, whom he was a Great Uncle to. His wife went to go fetch him. He was huge for six months old, much living meat and volume and weight as to any two children he had ever seen. He feared to hold him, lest he drop him. He had an astonishing high voice he thought, like the fighting call of Bruce Lee, that karate man of the movies. And when he returned the same call back to the child, troubled features appeared on his face. And this day, it was no different; when he first saw him this forenoon, the child only showed an expression of ox-like interest, when he saw the old man. Thereafter, his little arms were reaching for the old man’s wife’s neck, for security. His little heart and lungs drumming, as if they were looking for a safe-house; he almost burst into tears, sobbing for speech. He saw the astonished face of the old man, without knowing who he was, or perhaps knew who he was, and that in itself was the reason for his behavior.
“What?” the old man said in the café kitchen. “Yes, the boy cries when I imitate him.”
“Take him,” his wife told him.
But it was too late this time too. The baby elefante, as the old man referred to the child, was being carried away, back through the door of the kitchen, near screaming.
Behind him, were the soups and hot dishes being prepared for lunch, it was 12:05 p.m., he lifted up the covers of the pots to smell the aroma, squatting beside them, as if he wanted to dive inside the big pots deliberately, if not for the aroma, to get away from the baby elefante.

No: 440, written: 7-8-2009, Huancayo, Peru●●



Spanish Version

El Bebé Obeso


Las nubes se habían esparcido lentamente, dentro de poco iban a aparecer las primeras luces de la mañana y él estaría pidiendo su taza de café bien cargado sin azúcar, pero eso sería en unas cuantas horas más adelante, ahora él estaba solamente con frío y permanecía debajo de sus dos frazadas mientras trataba de volver a dormir. Su respiración era menos dificultosa ahora, en el aire fino de las sierras; luego él decidió levantarse y caminar en su departamento de un piso, miró a través de la ventana, él sabía que era cerca del amanecer, la noche casi había terminado; él podía decirlo por las luces de la calle y las ramas y flores en el jardín afuera de su ventana, todo tenía sombras ahora; la noche oscura se había vuelto con tonos grises ligeros. En la calle, más allá de los arbustos de su jardín, los carros y otros vehículos empezaron a volverse más constantes y continuos, dejando así paso a los colibríes que danzaban sobre los altos follajes, cerca de la ventana de su cocina. Él se había levantado, y miraba por la ventana; estaba un poco adormecido, necesitaba estirar sus viejos huesos y músculos, caminar para curar el frío dentro de ellos, y él sabía que pronto el sol saldría. Más tarde él y su esposa salieron a la calle, a la esquina donde vendían periódicos en un kiosco, para coger un taxi, y allí había muchas voces de los vecinos, y cantos de pájaros sin fin—todos estos rápidos latidos vitales de los corazones listos para encontrar la mañana temprana de Julio. Él no miró hacia ningún lado.
Para el rato en que llegaron al café, era muy tarde para tomar desayuno. El anciano se ajustó su cinturón, detrás de él el taxi se alejó rápidamente, su joven esposa estaba a su lado, cogiéndolo por el codo, él se había caído tres veces en dos días, había perdido su equilibrio. Él pensó por un momento en jalar su codo y soltarse de las manos de su esposa, pero él sabía bien que si lo hacía él podía perder su equilibrio de nuevo. Así él miró al suelo y caminó lentamente hacia la puerta de entrada del café. Su pulso y su respiración estaban rápidos; actualmente él estaba en la pista, cerca a un paso de la vereda. Él podía oír el movimiento de los vehículos en las dos pistas, como si ellos estuvieran casi encima de él, pero él no miró; él tenía que estar seguro de mantener su equilibrio, e incluso entonces él sabía que sus tobillos podrían agotarse, como si su cuerpo sabría su necesidad urgente en ese momento, si sólo el tuviera alas, eso él pensó. Él miró alrededor suyo, era una calle de tierra, piedras y mala hierba.
Una vez dentro del café restaurante La Mia Mamma, él vio por un instante en la distancia, la silueta colorida de Mini, la chef. La temprana luz de verano y el frescor del cielo no habían desaparecido y brillaban extendiéndose como si corriendo desde la puerta de cristal hacia la cocina, posándose ahora sin saber sobre dos figuras, la de Nancy y Mini, luego sobre una tercera figura, pero sólo en su espalda, la de Enrique.
“¡Hola, Hola!” él saludó en español.
Su espalda daba hacia la puerta de entrada, su cara hacia lo que él sabía era la cocina del café, sabiendo que detrás de la pared de la cocina estaba el jardín del café donde él comería hoy día, él estaba abrazando sus libros; él era valiente, él pensó, de no haberse caído por cuarta vez en dos días, Dios no lo permita.
Mini y Nancy le saludaron con un beso en la mejilla, y él se balanceó hacia delante sobre sus pies, buscando al bebé al que él llamaba el Bebé Elefante, un niño del que él era su tío abuelo. Su esposa fue a buscar al bebé; él era enorme para un bebé de seis meses, mucha carne viviente, volumen y peso como dos niños juntos que él nunca había visto antes. Él temía cargarlo, por temor a soltarlo. Él tenía una asombrosa voz alta, él pensó, como los gritos de pelea de Bruce Lee, ese karateka de las películas. Cuando él le devolvía esos mismos gritos al bebé, facciones de molestia aparecían en su carita. Y este día no fue diferente; cuando él lo vio por primera vez esta tarde, el niño sólo mostró una expresión como la de un buey molesto cuando vio al anciano. Luego sus bracitos trataron de abrazar el cuello de su esposa, por seguridad. Su corazoncito y pulmones estaban rápidos como si estuvieran buscando una casa segura; él casi rompe en llanto; gimiendo por hablar. Él vio la cara de asombro del anciano, sin saber quién era él, o talvez sabía quién era él, y eso, en sí mismo era la razón de su comportamiento.
“¿Qué?” el anciano dijo en la cocina del café. “Si, el niño llora cuando lo imito”.
“Cárgalo” su esposa le dijo.
Pero era muy tarde este vez también. El Bebé Elefante, como el anciano se refería al niño, estaba siendo llevado a través de la puerta de la cocina, casi gritando.
Detrás de él se estaban preparando las sopas y los platos calientes para ser servidos en el almuerzo, eran las doce y cinco de la tarde, él levantó las tapas de las ollas para oler el aroma, agachándose al lado de ellas, como si queriendo zambullirse dentro de las grandes ollas deliberadamente, si no por el aroma para escaparse del bebé elefante.

No: 440, escrito: 8-Julio-2009, Huancayo, Peru